Lo que alguna vez fue considerada una uva de segunda categoría, utilizada principalmente para aportar volumen a mezclas genéricas, hoy es la protagonista de una de las revoluciones más auténticas del vino chileno. El Cinsault, cepa emblemática del Valle del Itata, ha completado su transformación de “uva cargadora” a una estrella de los vinos con identidad patrimonial.
Este resurgimiento no solo responde a una tendencia de consumo, sino a un cambio de paradigma en la vitivinicultura nacional, donde la frescura y el origen han comenzado a desplazar a la sobremadurez y la madera.
Del olvido a la vanguardia
El Cinsault llegó a Chile tras el terremoto de 1939 para reactivar la producción en el sur del país debido a su alta productividad (de ahí su apodo de “cargadora”). Durante décadas, su destino fue el consumo local a granel o el anonimato en mezclas de bajo costo.
Sin embargo, el escenario cambió cuando enólogos y pequeños productores comenzaron a valorar sus características naturales:
- Baja carga tánica: Resulta en vinos fáciles de beber y amigables.
- Acidez vibrante: Ideal para el clima actual y la búsqueda de vinos frescos.
- Perfil aromático: Notas de frutas rojas silvestres y granada que cautivan al paladar moderno.
Itata como epicentro del patrimonio
El Valle del Itata se ha consolidado como el bastión de esta cepa. Sus parras viejas, conducidas “en cabeza” y cultivadas en el secano costero sin riego artificial, entregan una concentración y carácter que no se replican en otras latitudes.
Este fenómeno ha permitido que el Cinsault chileno hoy sea exportado a mercados exigentes como Nueva York, Londres y Tokio, donde los consumidores buscan historias genuinas y variedades que hablen del territorio. El trabajo de rescate liderado por viñateros locales ha sido fundamental para que esta uva pase de ser un commodity a un producto de alto valor agregado.
Un estilo para los nuevos tiempos
Para los expertos, el éxito del Cinsault radica en su versatilidad. Es el vino perfecto para quienes buscan alejarse de los tintos pesados; se puede disfrutar ligeramente frío, acompañando desde charcutería hasta pescados grasos, convirtiéndose en el compañero ideal para la gastronomía contemporánea.
La “cepa silenciosa” finalmente ha encontrado su voz, posicionando al sur de Chile en el mapa mundial de los vinos de autor y de mínima intervención.



