Cuando se habla de vino chileno, muchos piensan de inmediato en el Valle de Casablanca, el Valle del Maipo o el Colchagua. Sin embargo, existe otra ruta, menos transitada pero igualmente apasionante: aquella que recorre los valles más auténticos y olvidados del país, donde se conservan tradiciones centenarias, se rescatan cepas patrimoniales.
El Renacer del Valle del Itata:
Ubicado en la región de Ñuble, el Valle del Itata fue uno de los primeros territorios donde se cultivó la vid en Chile. Durante siglos, familias campesinas han trabajado la tierra con métodos tradicionales, muchas veces a mano y sin químicos.
Este valle es hoy un ícono del movimiento de los vinos naturales y de la recuperación de cepas ancestrales como la País y la Cinsault. Viñas como Cacique Maravilla, Viña Pedro Juan o Clos del Fous están marcando una nueva era.
“El Itata no tiene marketing, tiene historia”, dice en entrevista con La Cav, Manuel Moraga, enólogo de Cacique Maravilla.
Valle del Malleco:
Más al sur, en La Araucanía, el Valle del Malleco ha ganado atención por su apuesta arriesgada en una zona fría y húmeda. Aquí, productores como Viña Casa Donoso Sur han cultivado Pinot Noir y Chardonnay de altísima calidad, en un terroir que recuerda a ciertas regiones de Borgoña.
El Malleco ofrece paisajes de praderas verdes, cielos dramáticos y una conexión profunda con la tierra mapuche. El enoturismo aún está en desarrollo, lo que lo convierte en un destino ideal para quienes buscan lo auténtico.
Limarí y Huasco:
En el norte chico, los valles de Limarí y Huasco ofrecen una experiencia completamente distinta: sol, suelos calcáreos y nieblas costeras que refrescan las vides. Aquí, se producen algunos de los Chardonnay más elegantes del país, así como Syrah de notable expresión.
Destacan viñas como Tabalí, Olivilo Wines y Viña Ventisquero, que tienen presencia en el valle del Huasco.
Según Enoturismo Chile, estos valles están siendo potenciados como parte del nuevo mapa enoturístico nacional.
Más allá del vino: experiencia, cultura y sostenibilidad
Lo que une a todos estos valles es algo más que el vino: es su compromiso con la tierra, la producción sustentable, la cultura rural y la hospitalidad sin pretensiones. Aquí no hay buses turísticos masivos ni catas prearmadas; hay encuentros reales con productores, historia y paisaje.
Para los viajeros que buscan salir de lo obvio, estas rutas menos exploradas son una invitación a descubrir la cara más humana del vino chileno.