Cada 15 de enero, el calendario parrillero y estival de Chile marca una de las efemérides más queridas de la cultura popular: el Día Nacional del Melón con Vino, popularmente conocido como “Melvin”. Esta celebración, que nació de la espontaneidad en redes sociales hace más de una década, se ha consolidado como el rito oficial para dar la bienvenida a la parte más intensa del verano.
Aunque para los puristas del vino puede parecer una mezcla inusual, el “Melvin” representa una de las expresiones de coctelería identitaria más potentes del país, uniendo la frescura del melón tuna con el tradicional vino blanco, generalmente de cepas como Semillón o Sauvignon Blanc de entrada.
El secreto de un buen “Melvin“
Más allá de la receta básica, los expertos y entusiastas coinciden en que la clave de esta preparación patrimonial reside en tres factores fundamentales:
- La temperatura: El melón debe estar previamente helado y el vino blanco a baja temperatura para asegurar una experiencia refrescante.
- El reposo: Una vez hecha la mezcla dentro del melón (al que se le extraen las semillas y parte de la pulpa), es vital dejar reposar unos minutos para que el dulzor de la fruta se infusione con el vino.
- El toque personal: La adición de azúcar (opcional) o un toque de hielo picado son las variantes más comunes en las terrazas, playas y parques de todo el territorio.
Impacto en el consumo estival
Esta festividad no solo genera un alto impacto en redes sociales, sino que también impulsa el comercio local. Durante esta jornada, se registra un aumento significativo en la venta de melón tuna en ferias libres y supermercados, así como una alta rotación de vinos blancos en formato de litro o caja, reafirmando el carácter democrático y transversal de esta preparación.
Desde la industria vitivinícola, se observa con interés cómo estas celebraciones acercan el consumo de vino a un público joven y masivo, desmitificando la bebida y presentándola como un ingrediente versátil y refrescante para combatir las altas temperaturas de enero.



